Una bici sin frenos (chocarás)

I. ¿Por que usar una bici sin frenos?

Imagina que estás en la cima de una colina. La vista es hermosa. Una dama amable te ofrece una bicicleta para descender a tu siguiente parada en el viaje. Una bicicleta de montaña. Perfecta. Única. Resplandeciente. La colina es alta, casi interminable, y la pendiente parece tocar el horizonte. Caminando tardarías ocho horas, pero la bici reduce ese trayecto a menos de una. El tiempo es limitado, así que la elección parece obvia. Tienes buena condición y ansias de aventura. El clima es ideal, el aire puro, y te sientes preparado. Te imaginas el viento fresco en la cara mientras pedaleas cuesta abajo. La emoción te embarga, como un eco del pasado. Hace tiempo que no montas una bicicleta, pero te dices a ti mismo: "Creo que aún recuerdo cómo se hace".

Decides tomarla. La compras. Pero, cuando te preparas para partir, la dama te detiene. "Solo tiene un detalle: no tiene frenos". Fuck. Antes de que puedas responder, ella añade: "No hay más disponibles, y no aceptamos devoluciones". ¡Fuck!

¿Qué hacer ahora? ¿Montas la bici sabiendo que, al acelerar, no podrías detenerte ni con ambos pies? Sabes que es muy probable que acabes estrellándote. No es el final que habías planeado. Entonces, ¿la tomas o no? ¿Prefieres caminar cuesta abajo durante ocho horas, con el riesgo casi nulo, o deseas sentir la adrenalina? La velocidad. La vividez descomunal que trae consigo el peligro. La cercanía a la muerte que, paradójicamente, te hace sentir más vivo.

Inhalas. Exhalas. Y desde la punta de la colina te preguntas: ¿cuál es el mejor escenario posible? Llegas al final intacto, más vivo que antes, con una aventura más en la lista. ¿El peor? Te partes la madre, no llegas a tu destino, y tal vez necesites tiempo para sanar y volver a caminar. ¡Rayos!.

Tras unos momentos de reflexión, dices: ¡fuck it! Vamo' a ello.

Los primeros metros en la bici te sorprenden. "Esto está con madre", piensas. "¿Cómo dejé de usarla?" Han pasado veinte minutos y no has necesitado frenar. Vas lento, cómodo, disfrutable. Pero de repente la pendiente se inclina de manera absurda, y te das cuenta de que no hay vuelta atrás. Sientes que pierdes el control. Solo mantienes la bici firme para no caer. La dirección es clara: vas hacia abajo, sí o sí. A pesar del miedo latente a estrellarte, decides disfrutar el viaje, segundo a segundo, sonriendo. Logras detener el tiempo en cámara lenta. Todo a tu alrededor se congela. Ves el paisaje con calma y claridad. "Qué delicioso momento", te dices. "Hace mucho que no sentía esto". Tu corazón late con fuerza, bombeando sangre a cada centímetro de tu cuerpo. Tus ojos se dilatan de pura emoción. Una sensación cálida y agradable, una mezcla de nervios y deseo de continuar. Irreal. Te sientes vivo. Con esperanza.

Estás enfocado, viendo el destino acercarse. Lo estás logrando. Pero entonces, una gota. Tres gotas. Una brisa. Una lluvia. El suelo ya no es tan firme. La vista se nubla. Y ya no puedes parar. Ya no pedaleas, solo la inercia te lleva. Parpadeas y, de la nada, un perro cruza el camino. No tienes opción más que esquivarlo bruscamente. Un árbol. Gritas porque sabes que pasará. ¡Crash!

Quedas inconsciente. Golpeado. Alterado. La gente te ayuda a levantarte tras el madrazo de tu vida. "¿Estás bien?", te preguntan. Con una costilla fracturada y mil raspones, solo respondes con tu mejor sonrisa: "Me duele, pero sanaré.". La herida es fea, pero tenías seguro, lo que te ayudó a salir más rápido de la crisis.

Lo más gracioso es que cuando te recuperas llegas caminando al final de la colina y te das cuenta de que el final no era más que una meseta. El inicio de otra colina, nuevamente cuesta abajo.

“Yo sabía que me iba a estrellar, por eso disfrute el viaje…”


I. Terminará mal

¿Por qué chingados haríamos algo que sabemos que terminará mal? Suena estúpido, ¿no? Y sin embargo, muchas veces lo hacemos, conscientes del peligro inminente. Creo que tengo tres respuestas, que no se excluyen entre sí:

  • Por la anécdota.

  • Para no quedarte con las ganas.

  • Para sentirte vivo. Sentir algo diferente.

  • Por si acaso no termina mal.

En la vida, siempre podemos elegir entre lo lento y seguro, o lo caótico y aventurero. Ni siquiera diría que lo segundo es más rápido, pero sin duda implica un grado de riesgo, de mortalidad, de emociones intensas, de crecimiento. En este mundo de bicicletas sin frenos, no hay verdaderos fines, solo mesetas. Fines que se transforman en nuevos inicios.

Considero que la vida no debería ser como una cerveza sin alcohol, unos tacos sin salsa, o un café descafeinado. Es todo o nada. ¿Sino, pa' qué? Estamos hablando de sentir o no sentir. De ser o no ser. Si ya sabes que te vas a estrellar, al menos disfruta el camino, ¿no? Disfruta el presente.

PD. Escribí el blog con el Album de Adele 21. Que joya de canciones. Ame.

Anterior
Anterior

¿Por qué Lomma & limma?

Siguiente
Siguiente

Date permiso de contar tu historia