y no le hable…

Hoy en la tarde fui a comer comida china y al final, la clásica galleta de la fortuna. Créanme, soy el menos supersticioso de todos, pero leer un papel con letras impresas nunca ha lastimado a nadie, ¿verdad?

"Hoy conocerás a alguien interesante."

Leí el mensaje ingenuo y tiré el papel. Paso toda la tarde y camino hacia la parada del autobús para irme a casa.

Miro de lado a lado para cruzar la calzada y apenas alzo la vista hacia el frente. Veo un rostro que sobresale de todos. Imposible no voltearla a ver. Veintes bajos, cabello ondulado y negro como la noche. Con una tez ligeramente aperlada y un lunar en la comisura, todo en sintonía con esa mirada profunda. Llevaba un abrigo café que abrazaba su figura, y una bufanda enrollada como si hubiera salido de un museo en París. Una belleza elegante y tan simple a la vez.

Por un milisegundo, nuestras miradas se cruzaron. Fue suficiente para que mi mente corriera en mil direcciones, imaginando todas las formas en las que podría quedar como un estúpido si decidía hablarle. Pero, oh no, había un problema mayor. Un pequeño detalle que no detecté por centrarme en ella, pero tan valioso que solo reforzó mis ganas de empezar una conversación.

No estaba sola. Al inicio pensé que era su mamá con la que estaba platicando. Yo seguía  caminando en circulos por la banqueta pensando en "¿cómo hablarle?" sin hacerlo incómodo o raro.

Me acerqué a donde ella estaba sentada. Pausé la música y activé mi voyerismo auditivo.

—¿De dónde eres?—preguntó ella.

La señora respondió:

—De Durango.

Suficiente para saber que eran desconocidas y realmente solo se estaban haciendo compañía en lo que esperaban el camión. Tenía una voz tan gentil y educada, con un tono de curiosidad y amabilidad. “Hoy conocerás a alguien interesante." ¿Será verdad? Una chica así de linda sacandole platica a una total desconocida mientras espera el horrible transporte público… demasiado perfecto.

Mi camión se acercaba y, mientras todos se preparaban para hacer fila, ella se mantuvo quieta con la señora. Mi esperanza de que compartieramos destino se esfurmo. “Fuck it”, demasiado complicado iniciar una conversación con una desconocida y más si está acompañada. Me subí al camión, pagué mi pasaje, me sente en la ventana y vi cómo la señora se levantó, se despidió de la chava y tomó otro camión. Ella se quedó sola. Sin audífonos, sin ver el celular, solo esperando.

¿Me bajo? ¿Acaso me debería bajar y hablarle? ¿Decirle de mi galleta de la suerte? ¿Sacarle plática mientras llega su camión? ¿Pedirle su número? Verde. El camión avanzaba y yo me quedé paralizado, sabiendo que cada segundo que pasa serán metros que harán más difícil mi decisión.

En treinta minutos llegué a mi casa. Treinta minutos estuve pensando en todo lo que debí hacer y en todos los buenos posibles resultados que pudieron haber pasado. Quizá habríamos salido, quizá solo habríamos platicado un rato. Quizá... quizá... ¡quizá!

Más veces de las que me gustaría me he quedado con las ganas y el pensamiento de "¿qué hubiera pasado si me hubiera atrevido?", en todo, no solo en este tipo de situaciones.

Y sinceramente estoy harto. Harto de pensar en negativo y de no creer en mí. Una regla de dedo debería ser que si siento una descarga de adrenalina, ante la mera posibilidad, y aunque racionalmente haya un millón de obstáculos y excusas, debo hacerlo. No hay más.

Por un año 2025 con más "al menos lo intenté" que "debí haberlo hecho".

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PD. Adjunto un fragmento del libro “Lecciones de liderazgo creativo”, en las que Robert Iger (ceo de disney) comenta de su sorpresa cuando Steve Jobs le responde que no sería una propuesta tan descabella que Disney comprara Pixar. Ame.




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